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La Catrina: cómo la estampa de Posada se convirtió en un ícono mexicano

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La imagen que hoy se conoce como La Catrina apareció impresa en octubre de 1913, meses después de la muerte del grabador José Guadalupe Posada. La hoja llevaba el título «Remate de calaveras alegres y sandungueras» y un subtítulo que aludía a las garbanceras; Posada no llegó a ver publicada la estampa.

La historia de esta figura también es la historia de cómo una imagen cambia de nombre y significado al circular. Las reimpresiones, las nuevas interpretaciones y su incorporación al arte público contribuyeron a convertirla en uno de los símbolos más reconocibles del Día de Muertos.

Una estampa con distintos títulos

Posada entregó el grabado al impresor Antonio Vanegas Arroyo, quien reutilizaba las imágenes en hojas volantes acompañadas de textos distintos. Tras la primera publicación, la figura volvió a circular como «Calavera Fifí», en 1918, y como «El panteón de las pelonas», en 1924.

Esos títulos muestran que la imagen no quedó ligada desde el inicio a un único relato. Posada no nombraba sus grabados; los encabezados podían variar según el texto y el propósito de cada impresión. Por eso, la trayectoria de la calavera se reconstruye a partir de las hojas que se conservaron y de las reimpresiones conocidas.

El mural de Rivera amplió su imagen

En 1947, Diego Rivera incluyó una Catrina de cuerpo entero en su mural «Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central». La figura, vestida con elegancia y tomada de la mano del autorretrato infantil de Rivera, se convirtió en una referencia visual que ayudó a difundir la imagen en México y fuera del país.

La versión del mural es distinta del grabado de Posada, que muestra un busto. Con el tiempo, ambas imágenes se asociaron en el imaginario popular, aunque pertenecen a momentos y representaciones diferentes de la figura.

Una historia reconstruida con el tiempo

La obra de Posada circuló durante años en impresos populares y su reconocimiento creció después de su muerte. En 1943, una exposición en el Palacio de Bellas Artes le rindió homenaje; en 1947, el mural de Rivera dio a la Catrina un lugar destacado en una escena que integra personajes de distintas épocas.

Conocer esa evolución permite distinguir la estampa original de sus versiones posteriores y de las historias que se han añadido a su alrededor. La Catrina es hoy un emblema cultural, pero su recorrido comenzó con una imagen impresa que fue reutilizada, reinterpretada y difundida a lo largo de décadas.